Eran las seis de la mañana de lo que prometía iba a ser un gran día de primavera, habían aparecido en el horizonte unas pocas nubes de lluvia pero no las suficientes como para arruinar una mañana pescando en el mar.
Conmigo venía mi amigo Fausto, un muchacho al que había conocido hace no más de un mes este año en 1º de bachillerato, un chico de lo más simpático que había venido para aprender a pescar. El mar estaba completamente en calma y el sol calentaba los huesos del cuerpo pero sin llegar a ser molesto. Nos habíamos situado cerca de una pequeña isla a no más de un kilómetro de la costa en un pequeño velero llevado por mi padre, pero este dormía y no se iba a despertar hasta entradas las once.
-¡José! -Gritó Fausto desde el otro extremo del barco.
-¿Qué quieres? Respondí con sueño.
-¿Dónde me coloco?
-Tras de mí, coge una silla.
-¡José!- Volvió a llamar Fausto-.
-¿Si? Respondí en tono de pesadez para indicar mi descontento con su volumen de voz.
-¿Qué hago?
-¡Oh! Disculpa. Caí en la cuenta aunque un poco tarde de que Fausto no sabía pescar y estaba aquí por eso, el anzuelo se le había enganchado en la manga de la camisa.
-Mira, se hace así.
-Deberíamos practicar antes. Afirmó Fausto a modo de súplica, supongo que pensó que podría engancharse el cuello la próxima vez que intentara lanzar el anzuelo.
Tras cinco minutos ya dominaba el movimiento, ya solo le quedaba aprender todo lo demás. Le coloqué el cebo y lanzó la caña, el resto consistía en esperar.
-¿Cuándo se supone que empiezan a picar? Preguntó Fausto a la media hora.
-Eso no lo sabes, podríamos estar aquí toda la mañana y no conseguir nada. ¿Sabes? La pesca requiere paciencia, requiere inteligencia, los que viven de esto pueden estar semanas, incluso meses en alta mar pescando cada hora desde antes de salir el sol, pero no te preocupes, aprenderás a ser paciente entrenando.
Me giré para ver si me había entendido y lo encontré en la misma posición en la que estaba hacía media hora, con la caña cogida igual que hacía media hora con la única salvedad de que estaba completamente mojado y a su lado tenía un pez del tamaño de su brazo con un arpón clavado.
-¿Cómo has hecho eso? Pregunté sorprendido ante la escena desarrollada ante mí.
-No sé de qué me estás hablando. Alegó Fausto y enseguida me percaté de que faltaban varios cebos, me acerqué a su lado y los vi flotar sobre el agua atados a varios trozos de hilo de pesca.
-¿has atraído a los peces y te has lanzado a por ellos? Pregunté levantando la voz as de lo que debía.
-No. Fausto hizo una pausa y continuó.
-Bueno sí, un poco, ¿estás enfadado?
Contemplé a los peces que se acercaban a los cebos y pregunté.
-¿funciona?
-Míralo tú mismo. Fausto se giró y señaló el pez que había capturado.
-Me dejas el arpón. Pregunté señalando el arpón que atravesaba al pez.
-Tranquilo, he traído tres. A pesar de mi sorpresa, a Fausto le parecía que le era totalmente normal, sonrió y se puso a mirar al mar mientras sostenía la caña, la cual le iba a servir de poco si había esparcido los cebos por el mar y en su anzuelo no había nada puesto. Pero parecía feliz, así que lo dejé estar.
A las diez de la mañana decidimos dejar la pesca, después de cerca de cuatro horas habíamos conseguido tres capturas, las cuales serían para mis abuelos a los que agradaría sobremanera el tamaño de la comida.
Fausto y yo desembarcamos en puerto y decidimos almorzar en las cafeterías de alrededor, había una en especial que nos llamó la atención porque tenía a la entrada la imagen de un pez atravesado por un arpón. Nos sentamos en unos taburetes y llamamos al camarero.
-Para mí un café y uno tostada. Le pedí al camarero y miré a Fausto para que pidiera el también.
-Para mí un vodka con hielo.
-¡Son las diez y media de la mañana! Advertí con sobresaltado a Fausto. Solo los alcohólicos y gente con problemas pedía alcohol a esa hora y más tratándose de vodka.
-Tienes razón. Fausto miró al suelo y continuó. –Mejor un wiski.
-Me llevé las manos a la cabeza y dejé que pidiera cualquier cosa.
El camarero volvió en el acto con lo que habíamos pedido. Mientras almorzábamos estuvimos hablando sobre la próxima vez que iríamos de pesca, pero Fausto no parecía muy entusiasmado con el tema. Cuando terminé mi café me di cuenta de que Fausto no había probado apenas el wiski que le habían traído.
-¿Qué le pasa al wiski? Pregunté.
-Nada. Respondió Fausto.
-¿Entonces por qué no bebes?
Fausto me miró y arqueó las cejas todo lo que pudo.
-¿Quién es la clase de descerebrado alcohólico que se pide un wiski a las diez y media de la mañana? Me respondió lleno de sorpresa.
-¿Entonces para qué diablos te lo pides? Le contesté sin entender nada. Él serenó su rostro, sonrió y dijo.
-Para esperar a que sean las once y poder beber a gusto.
Tras decir esto sonrió, lo miré un rato con los ojos como platos, cogí lo que quedaba de mi tostada y me lo comí como si no pasara nada. Cuando dieron las once se tomó el wiski de un trago, pagamos y salimos del bar.
Nos dirigimos a casa por el paseo que había junto a la playa, el cual estaba lleno de cafeterías y tiendas, dispuestas para atraer turistas.
Nos dirigimos a casa por el paseo que había junto a la playa, el cual estaba lleno de cafeterías y tiendas, dispuestas para atraer turistas.
-¿Te importa que pasemos por el centro comercial? Pregunté a Fausto el cual hizo un gesto para indicar que le daba igual.
A la entrada nos separamos, yo fui a ver si tenían embutido para llevar a casa a comerlo mas tarde y Fausto dijo que iba a ver los videojuegos. Cuando terminé de comprar saqué el móvil para localizarle pero no me hizo falta. Lo encontré subido a un sillón de masaje, recostado, comiendo uvas y con una túnica blanca hecha a partir de una sábana que sabe dios de donde la sacó ya que no había tiendas en los alrededores en las que vendieran sábanas ni mantas, al menos la más próxima se localizaba a un quilómetro de donde estábamos.
-¿Se puede saber qué haces? Pregunté con una fingida sonrisa.
-Comiendo uvas. Respondió él.
-¿y la sábana?
Fausto se dispuso a responder pero antes de que pudiera empezar le hice un gesto para indicarle que no quería saberlo. Unos segundos después acabó su masaje y nos dirigimos camino a casa de mis abuelos para comer. La casa era espaciosa, de dos plantas y daba a una zona sin edificar en la que los vecinos habían improvisado unos aparcamientos.
Al llegar allí nos encontramos con dos de los hijos de mis vecinos. Se llamaban Jorge y Pedro, dos muchachos de catorce años que se habían dedicado toda la vida a competir con el resto de los vecinos. Esta vez habían colgado una canasta en lo alto de la pared de la casa de mis abuelos, uno de ellos se giró y nos llamó.
-¡Eh!, ¿echamos unas canastas?, prometemos no abusar mucho. Dijo Pedro.
-No gracias, estoy cansado. Respondí con una mentira ya que sabía que eran mucho mejores que Fausto y yo juntos, pero antes de entrar Fausto me cogió de la camisa.
-Venga, será divertido.
-Bueno, tú eres el invitado.
Presenté a Fausto a mis vecinos y acordamos jugar un partido dos contra dos y el primero que llegara a veintiuna canastas ganaba. El partido duró cinco minutos en los cuales los dos muchachos consiguieron veintiuna canastas y nosotros solo cuatro todas hechas por mí. Fausto y yo estábamos agotados y no podíamos correr más.
-Vale, hemos terminado, nos vamos. Dije al borde del colapso.
-Venga, solo una más y si ganáis os damos nuestras bicicletas. Dijo Jorge al principio en broma.
-¿y si perdemos? Preguntó Fausto.
-Nos dais el ordenador. El pequeño Jorge lo decía en broma ya que era imposible que lográsemos una canasta. Me apresuré a retirarme pero Fausto interrumpió mi huida.
-¡Hecho! Le estrechó la mano a Fausto.
-¿Qué? Le grité.- ¡No pienso perder mi ordenador!
-Pues entonces lucha por él. Sonrió Fausto. Me disponía a estrangularle pero me detuve porque los dos vecinos habían cogido la pelota y se disponían a encestar, se detuvieron a un paso, se giraron y nos dieron la pelota.
-Mejor atacad vosotros. Dijo Jorge mientras se reía. Nos colocamos a cierta distancia de la canasta, me disponía a correr cuando Fausto me quitó la pelota y la lanzó con todas sus fuerzas contra la pared de la casa de mis abuelos haciendo que rebotara bruscamente. Los vecinos iban a empezar a reírse y yo a matar a mi amigo cuando de la fuerza con la que dio en la pared rebotó después en un coche que había aparcado y salió hacia arriba con la fuerza justa para que la pelota se colase por el aro en una canasta limpia. Nos quedamos un rato mirando la pelota y la canasta sin comprender muy bien lo que había pasado cuando oí a Fausto meter dos bicicletas en la casa de mis abuelos gritando. -¡Feliz Navidad a todos!
Habían venido a comer una parte de la familia, estaban mi padre y mi madre sentados uno enfrente del otro, mi abuelo al lado de mi padre y mi abuela al lado de mi madre, había venido también mis dos primos y mis dos tíos y con ellos se habían traído a su perro, un perro pequeño que se habían encontrado en la calle y al que llamaban con el nombre de Boris. Detestaba a ese perro, cada vez que alguien se levantaba a coger algo este se ponía a ladrar como si se estuviese acercando el apocalipsis. Fausto se sentó por petición de mi madre presidiendo la mesa, el perro lo miraba fijamente puesto que no lo conocía.
Después de estar un rato comiendo mi padre y mi tío se pusieron a hablar de política, este tema era el preferido por mi tío, el cual de ideología derechista le encantaba hablar de la guerra civil española, ese era el tema estrella ya que mi padre de ideología izquierdista y auto considerado “rojo” entraba en todas las conversaciones de mi tío. Cada uno ponía su punto de vista apoyándose en famosas palabras de filósofos aunque nunca hubieran leído ninguno de los libros que citaban. Pronto toda la mesa se puso a hablar del mismo tema incluidos mis dos primos que aunque no pasaban de los catorce años se consideraban unos eruditos del tema. Mi abuela se levantaba de vez en cuando para traer o quitar platos y mantener la mesa ordenada y a causa de esto el perro no dejó de ladrar, y siguió ladrando cada vez con más intensidad. La familia debatía sobre política a gritos para que su voz destacara sobre el resto incluido el perro, a lo que había que sumar a mi abuela gritando al perro para que se callara, pero esto solo servía para hacer que ladrara más alto. Pensé en Fausto que estaba comiendo sin levantar la mirada del plato, ajeno a todo lo que estaba ocurriendo.
-Por favor…
Intenté pedir calma para que se acallara el ruido y pudiéramos hablar como personas civilizadas ¿Qué clase de ejemplo daríamos a nuestro invitado? Nadie pareció oírme porque el único que me miró fue Fausto, y lo hizo fijamente.
-¡Por favor!
Levanté el volumen pero siguieron sin escuchar y Fausto me miró extrañado.
-¡Ya basta!
Grité yo pero solo mi madre me oyó para decirme.
-Perdona cariño estamos hablando.
Me senté y me di por vencido.
-¡Yuri!
Gritó Fausto al perro el cual lo miró mientras ladraba y mi amigo gritó una serie de palabras en un idioma que parecía el ruso. El perro cayó de repente y se metió debajo de la mesa junto a las piernas de mi tía. La escena no había pasado inadvertida, en la mesa se hizo el silencio absoluto y Fausto preguntó en tono serio con el semblante estoico, sin expresar ningún tipo de emoción.
-¿Cuáles son sus fuentes? Preguntó Fausto a mi tío y a mi padre los cuales no supieron que responder ya que todavía seguían perplejos por la escena.
-¿habrán leído sobre la guerra civil para poder hablar de ella verdad?
Mi tío se puso rojo de vergüenza y dijo.
-No nos ha hecho falta leer mucho, nuestros padres la han vivido, y nosotros vivimos la dictadura.
Fausto arqueó las cejas y respondió.
-A ver, ustedes dos nacieron en 1970, en 1972 se produjo un fuerte desarrollo económico y la modernización de las estructuras económicas y sociales, lo que significó un considerable aumento en los niveles de vida de la población. También se relajó la represión ideológica, aunque siguió existiendo. Entre 1973 y 1975 se produjo la crisis del franquismo y el colapso de las estructuras del régimen por la división interna, la presión de la oposición y la movilización popular. Ustedes dos tenían 5 años cuando La dictadura cayó, ¿Cómo es posible que dos niños hayan podido vivir cosas que ocurrieron de 1939 a 1960? Pero ahora bien –miró a mis abuelos- ustedes dos han pasado toda su vida en el campo y teniendo en cuenta que las carreteras no pasaron por aquí hasta 1972 y que este pueblo se encontraba totalmente aislado del resto del país hasta dicha fecha, les pregunto, ¿cómo es que sabían tanto de la dictadura si hasta los años 80 no pasaba por aquí policía local, regional o la guardia civil y no compraron su primera tele hasta 1971?
Se hizo un silencia absoluto y Fausto continuó.
-Si han terminado a José le gustaría decir algo.
Se hizo una pausa general y de repente todos me miraron.
-¿Cómo has hecho lo del perro? Pregunté pensando aun en como había hecho que se callara.
-Ese perro era de un tío mío de nacionalidad polaca. El nombre de ese perro es Yuri y mi tío lo utilizaba para cuidar al rebaño de ovejas que tenía, por eso ladra cada vez que alguien se levanta y se aleja de los demás, piensa que sois ovejas. Pero no os preocupéis no diré nada a mi tío el sigue pensando que se escapó.
Fausto pinchó entonces en su tenedor un trozo de pollo, se quedó mirándolo y dijo.
-Abuela de pedro, es el mejor pollo que he probado nunca.