09 marzo 2013

El juego de la guerra

Una figura se dibujó en el horizonte emergiendo de entre las filas de nuestros enemigos. Montaba el carro de combate tirado por tres caballos blancos adornados con plumas de bellos colores en vez de crines y correas doradas que los unían a un carro parecido al que cuentan en las leyendas que nuestros padres narraban.


Dioses montados en carros alados surcando el cielo para llevar la muerte a aquellos que osen interponerse en su camino. Se acerca a nuestras filas sin escolta, solo él su carro, el hombre que sostiene las riendas y tras él el sol.  En la mano derecha el rey muestra su arma, un arco dorado y bajo este un carcaj de flechas negras. El dios se detiene y nos habla.

 Se sitúa a apenas cuatro metros de distancia de mí, temerario y confiado cree en nuestra buena voluntad de hombres de armas, cree que no sufrirá ningún daño porque está en el honor de todo hombre respetar a aquel que viene en calidad de diplomático buscando una alternativa que nos lleve a la paz. Pero yo no hablo su idioma y el sol me da en los ojos y me impide distinguir entre dioses y hombres. No lo puedo evitar, hoy no he bebido agua y hace calor, mi lanza sale disparada, pero no temo por hacerle daño, si de verdad  es un dios una lanza hecha por un material perecedero no le hará ningún efecto, yo podré liberarme de mi arma y el podrá seguir hablando, mas no es así.

 Mi lanza atraviesa su pecho, la sangre mancha el carro sobre el que iba montado,  no es un dios, sino un hombre, nos ha mentido. Los caballos corren de vuelta hacia el mismo lugar de donde salieron. El enemigo parece confuso, no les culpo, han visto la muerte de un dios, aguardan el castigo que caerá sobre la tierra, pero no es así. Su confusión se transforma en quietud y su quietud en ira.

¡La tierra se aplacará con la sangre de los herejes!
Gritan a lo lejos en distintas lenguas, una de ellas la de mi tierra. Pobres infelices, nunca cambiarán, su frenesí evitará que puedan pensar con claridad, su ceguera no les dejará analizar el peligro al que se enfrentan  y la seguridad de una vida tras la muerte junto un dios falso evitará que luchen con la fuerza de aquellos que solo quieren vivir.
-¿Los despertamos? Pregunta un hombre a mi izquierda.
-Quizá nos toque a nosotros despertar. Afirma un hombre a mi derecha.
-¡Escudos arriba!, ¡preparad las ar…!

Demasiado tarde, una flecha impacta sobre su pecho, justo en el corazón, el pobre idiota no vio a los arqueros avanzar junto a la infantería. El enemigo se lanza en bandada, los arqueros, los infantes, caballeros y generales cargan en un ataque masivo contra nosotros. Por el frenesí que les consume se estrellan contra nuestros escudos, la ceguera que les hiere no les permite advertir nuestra experiencia, la seguridad de una vida más allá les hace ansiar la muerte. Hoy muchos caerán, pero no será suficiente.