04 abril 2013

Los caballeros que dicen ¡No!


 ``-¿Quiénes sois?-Somos los caballeros que dicen ¡Ni!´´
Los caballeros de la mesa cuadrada





Cuenta la leyenda, que existe un lugar donde se alzan imponentes centros burocráticos, hospitalarios y educativos regidos por malignos caballeros: los caballeros que dicen ¡No! ...

Si solo fuera leyenda, la vida sería más sencilla... os traigo una selección de los mejores lugares donde tienes que ir si quieres perder tu tiempo y tu dinero, pero antes una pequeña aclaración...

De todos es sabido, que para un correcto funcionamiento de los servicios públicos tenemos que convivir con la burocracia, ello es, acreditaciones e informes para evitar colapsos innecesarios en el entramado público, entramado que ha de estar jerarquizado por ``la cadena que todo lo une´´ - la de la Hermandad del acero- que conecta desde Paco, el bedel, hasta el jefe de un hospital. Dicha cadena está compuesta por unos eslabones que son los ``papeleos ´´ que hacen posible la comunicación de los miembros de la Hermandad Burocrática, evitándose así los abusos de poder.



El tema de hoy, a modo de historia narrada, se centra en los últimos días que he vivido de un lado para otro,  en el bello mundo del papeleo y la burocracia formal...

Día 1:    `` El médico que nunca pudo tomarse el café´´


Todo empezó en una dulce mañana… me tomé una ducha, salí de ella, y vi el horror del ser humano, mirándome a los ojos, con siete cabezas y en cada una de ella siete coronas con siete blasfemias, en efecto era mi reflejo mórbido que me sonreía al otro lado del espejo, como una sombra grotesca y pesadumbrosa, sombra que lejos de ser agradable no paraba de seguir e imitar mis pasos y movimientos, en efecto, estaba gordo, decidí pues ir al endocrino, pero descubrí que necesitaba ir al médico para obtener un papel, un papel poderoso que me diera cita para el especialista y supongo que también su visto bueno porque a lo mejor no era nada grave…

Mi ventura comienza con buscar aparcamiento para acudir a la visita al médico de cabecera, el de toda la vida, el de la seguridad social – grito de terror, antes de nada aclarar que pedí cita por internet y me la concedieron a las diez y media- Llegué temprano a eso de las diez y  veinte. 

Aquél era un panorama desolador: niños pequeños corriendo y saltando por doquier, personas lánguidas y alicaídas, ancianos más preocupados por la salud de los otros que por la suya, gente quejicosa de sus dolencias, creí haber viajado en el Delorean a través del espacio tiempo y haberme parado en el siglo XVII en un hospital de pobres.

Serían ya eso de las diez y media pasadas, cuando sonó en altavoz del médico, altavoz distorsionado y que poco se entiende si no estás muy atento, `` señor X ´´ no me nombró, no me incomodó ya que es normal que exista cierto retraso, al instante pude ver las caras de descomposición y poco agrado de las personas que estaban sentadas en la zona de espera, a lo que pronto pregunté: -¿Por qué número van? – Yo tengo las diez menos diez- contesto una voz anciana y carcomida por el tabaco, a lo que enseguida replicó otra voz de una joven malhumorada - ¡Y lo las nueve menos cuatro!

Al instante lo entendí, no había viajado en el tiempo, si no que había caído en la trampa más antigua de todas: la sanidad española. Me faltó tiempo para echarme las manos a la cabeza y suspirar, sabía que me quedaría en ese lugar dejado de Dios toda la mañana. mientras hacía tiempo, pude ver a mi médico salir de la sala alegre y feliz una cuantas veces, yendo de aquí allá…

Tarde llegó mi turno. Entré, me senté y expliqué mi problema, a lo que mi médico no dijo nada, tecleó unas cuantas  cosas en el ordenador, imprimió una hoja y dijo que ya estaba todo, 3,2 minutos para una hoja, y en total 3 horas de mi vida para tenerla, pregunté porqué era necesario tanta espera para un solo papel y por respuesta obtuve `` Porque si no te dio cita yo, el especialista te dice NO´´  

Cuando salí de la consulta pude oír que el pobre médico no se había tomado aún su café, claro, tenía 10 pacientes en todo el día, el pobre hombre estaba saturado.